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Amix… hoy queremos hablar de algo que a muchas nos ha acompañado por años sin siquiera saber su nombre: el masking. Ese hábito silencioso de ponerte una máscara para encajar, para no incomodar, para hacerte más chiquita o más “normal”.
Y lo peor es que, sin darnos cuenta, lo hemos confundido con “ser funcional”, cuando en realidad muchas veces solo estábamos sobreviviendo.
El masking es esa vocecita que te dice: “sé tú… pero no tanto”.
Es cuando sonríes aunque estés agotada.
Cuando imitas cómo actúan los demás para no sentirte rara.
Cuando te adelgazas el tono, la opinión, el entusiasmo, porque no quieres “ser demasiado”.
Cuando llegas a tu casa después de un día social y te tiras en la cama preguntándote por qué estás tan cansada… y es porque actuaste un personaje entero.
Y no, no lo haces porque seas falsa.
Lo haces porque en algún punto de tu vida aprendiste que ser tú no siempre era seguro.
A veces el masking nace en la infancia, cuando te pedían portarte “bien”, cuando te decían “no exageres”, “no seas tan emocional”, “no hagas ruido”, “no llores”, “no preguntes tanto”.
A veces nace en relaciones donde solo eras válida si eras “la tranquila”, “la fuerte”, “la que no se queja”.
A veces nace del TDAH, la ansiedad, el miedo al rechazo, la presión de encajar en dinámicas sociales que simplemente se sienten demasiado para tu sistema nervioso.
Y lo entendemos. Nosotras también lo hemos vivido.
Pero aquí va lo que nadie te dice:
El masking cansa. Mucho. Porque sostener una versión editada de ti misma requiere energía que ni siquiera debería ser necesaria para existir.
Soltar el masking no empieza con un acto heroico. Empieza con cosas chiquitas, con micro-momentos donde te permites bajar la guardia.
Empieza reconociendo dónde pasa más seguido: en el trabajo, con ciertas amistades, con tu familia, cuando conoces gente nueva… solo observarlo ya es un alivio.
También ayuda darte permiso de ser tú en un lugar seguro: una amiga, una pareja, un espacio, incluso contigo misma. Ser auténtica un poquito más. Un 2% más. No tienes que aventarte al vacío, solo aflojar la máscara hasta que respire.
Y sí, a veces el cuerpo te avisa antes que la mente: la mandíbula apretada, la espalda rígida, la respiración cortita. Ese es el cuerpo diciendo “estamos actuando otra vez”.
Ahí es cuando puedes hacer una pausa, moverte, hidratarte, reenraizarte.
Otra cosa importante que hemos aprendido es dejar de justificar nuestras necesidades.
No tienes que explicarle a nadie por qué necesitas un break, por qué no quieres ir a un plan, o por qué hoy no tienes energía. Ser tú no necesita permiso.
Y cuando puedas, intenta disfrutar sin organizar tu personalidad alrededor de lo que crees que los demás esperan.
No todos te van a entender.
No todos te van a aplaudir.
Pero quienes se quedan, se quedan por la versión real de ti, no por la máscara.
Soltar el masking también significa escuchar tus emociones sin disfrazarlas. Ser honesta, incluso si no es perfecto. Especialmente cuando no es perfecto.
Y tal vez lo más bonito de todo es que, cada vez que eliges mostrarte de verdad —aunque sea un milímetro más— recuperas un pedazo tuyo que llevabas años escondiendo.
Esa tú que ríe fuerte, que siente profundo, que se mueve, que piensa diferente, que abraza sus rarezas, esa tú es la que vale la pena proteger.
Así que aquí, entre nosotras, entre las Twentyllizas, te decimos algo importante:
tu autenticidad no es un riesgo… es tu casa.
Y regresar a ella no tiene prisa. Solo necesita verdad, paciencia y mucha compasión.